Hace apenas unas semanas, un periódico de la ciudad de Medellín (3 de febrero de 2021), resaltaba una noticia: Se vuelve a mover expediente por magnicidio de Galán.

Cada vez que leo o escucho la palabra “Galán” en alguna parte (un periódico, una revista, un titular, un noticiero de televisión, en fin), retrocedo mental y emocionalmente hasta el año 2009.

El 18 de agosto de aquel año resonó la noticia como cada trescientos sesenta y cinco días, pero incluso un poco más fuerte, pues en aquella fecha se conmemoraban dos décadas del magnicidio de aquel que, se dice; pudo haber sido uno de los mejores presidentes en la historia de Colombia de los últimos tiempos. Al menos esa era la esperanza que muchos tenían. 

Yo era entonces un muchacho de veintidós años, y aquella noche (la del 18 de agosto de 1989) acababa de llegar de clase en la Universidad Nacional; había comido y había salido a tomarme una gaseosa con mis amigos de la cuadra, mientras conversábamos de lo que había sido el día, de lo que habíamos hecho y de lo que venía para el siguiente fin de semana.

La noche era fresca, la gente aprovechaba para interactuar con los vecinos, y en muchas casas había quienes esperaban las noticias de las 9:30 de la noche. Pero aquella vez llegaron más temprano que de costumbre. Reventaron como el titular de última hora que a todos alertó.

Recuerdo que en la tienda donde estábamos, tomando gaseosa, el volumen de la televisión aumentó a un nivel poco acostumbrado, y quienes estaban dentro del local, y los que entraron al ver el arremolinamiento de los curiosos, rodearon el televisor.  Yo me volví también para ver qué pasaba.

“Mataron a Galán”. 

Todos sabíamos quién era aquel hombre. Con Rodrigo Lara Bonilla, su fiel escudero, habían iniciado a principios de los ochenta una álgida pelea con el mafioso más poderoso que ha dado la historia de Colombia, y quizás del mundo: Pablo Escobar Gaviria. El enfrentamiento había iniciado en 1982, en el parque Berrío de Medellín,  cuando en un mitin político, Luis Carlos Galán Sarmiento se atrevió a echar al capo de capos de su grupo, el partido el Nuevo Liberalismo, debido a que había graves sospechas de que los dineros de Escobar Gaviria procedían de la mafia de las drogas y él no era capaz de explicar otra procedencia para esos enormes capitales con los que pretendía apoyar a Galán y a Lara. Ese día inició la enemistad.

La declaratoria de guerra se dio cuando Pablo Escobar Gaviria mandó matar, en 1984, a Rodrigo Lara Bonilla, entonces Ministro de Justicia de Colombia, quien había localizado el más grande laboratorio para el procesamiento de drogas ilícitas en las selvas de Colombia (Tranquilandia), y lo había hecho quemar.

Luego, en años, no pararon los ataques con bombas contra el pueblo colombiano (edificios, centros comerciales, autopistas, fincas, etc.). La guerra era entre los carteles de las drogas, especialmente el Cartel de Medellín, y el Estado colombiano, pero en medio estaba toda la población colombiana que sufrió los embates de cada batalla.

Pablo Escobar Gaviria pagaba a sus sicarios medio millón de pesos por cada policía que mataran, sin importar donde se encontraran. También los periodistas pusieron su cuota de muerte, aunque no dejaron de cumplir su función. Abogados y magistrados cayeron muertos por decenas por hablar a favor del decreto de Extradición que prometía enviar a las cárceles de Estados Unidos a cualquier narco que fuera capturado. “Preferimos una tumba en Colombia que una celda en Estados Unidos”. Así rezaban los panfletos mafiosos. Y Galán era el más empeñado en que el capo Escobar y todos los que estaban de su lado pagaran con extradición sus fechorías. 

Aproximándose las elecciones presidenciales de 1990, Luis Carlos Galán Sarmiento era el candidato más opcionado  a ser presidente de la república. Y si tal cosa ocurría, la promesa era que apoyado en el decreto de Extradición iba a “exportar” a las cárceles gringas a todos los mafiosos colombianos. 

Fue cuando estos se unieron más estrechamente, y en una confabulación que incluyó además a grupos paramilitares del Magdalena Medio antioqueño y a fuerzas oscuras del Estado, contrataron a un grupo de sicarios para que cumpliera un cometido: matar a Luis Carlos Galán Sarmiento, lo que ocurrió precisamente el 18 de agosto de 1989 pasadas las ocho de la noche en el parque de Soacha en Bogotá.

Recuerdo que la noticia de la conmemoración de su muerte aquel 18 de agosto de 2009 despertó en mí un afán que nunca he podido comprender. Salí a comprar todos los libros que hubieran sobre el magnicidio, conseguí documentos sobre las pesquisas que la policía hizo antes y después del ataque, accedí a expedientes que hablaban de los procesos judiciales de los actores del conflicto antes, durante y después del magnicidio, leí cuanta noticia se había escrito sobre el tema, en fin. Y seguí la pista de todo lo que había pasado y reconstruí la historia. 

Fue algo casi hipnótico, hice cosas que por momentos no recuerdo, y en tiempo récord tenía el libro terminado. Se titula Galán, crónica de un magnicidio. El mismo se publicó solo hasta 2014, pues sentía cierto temor de involucrarme en tamaña discusión con lo que investigué y lo que escribí. Pero me armé de valor, pensando que lo que me había influido para escribir no podía ser simplemente para que luego nadie conociera la historia contada. y aquí está: