En «Bandidos y hackers», Simon Temp entra a los servidores de su escuela y cambia las notas perdidas por notas que lo ponen a ganar; lo expulsan y como si nada se va con los amigos a practicar snowboarder a Canadá; pasa muchas noches en un club nocturno seduciendo a una bailarina que tiene pareja; mientras tanto, vive solo, repasando una y otra vez recortes de periódico con noticias de hackers a los que admira. Como la mujer a la que pretende no se decanta, le pone un ultimátum: se queda con él o no se vuelven a ver; y como ella no escoge, él lo hace por los dos y se marcha a vivir con otra mujer. Un día, usando  técnicas de ingeniería social, se roba 10,2 millones de dólares en diamantes, pero luego no sabe qué hacer con ellos. Finalmente, después de haber entrado varias veces a la cárcel y de pasar mucho tiempo huyendo de la policía, su improvisación lo pone a tambalearse sobre el filo de una navaja: en un lado hay una celda, en el otro la incertidumbre de seguir huyendo.  Lo vemos, pues, en muchas facetas: inquieto, tramposo, despreocupado, deportista, enamorado, indelicado, atrevido, solitario, romántico, orgulloso, ambicioso,  fugitivo, reflexivo, cansado, saltando de emoción en emoción… como un ser humano cualquiera. Es a lo que llamamos un personaje redondo de ficción.