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¿Alguna vez has visto a Clint Eastwood sonriendo, incluso en una película diferente a Harry El sucio? ¿O quizás a Silvester Stallone? Sus personajes son siempre hombres duros, matones, bravos, que apenas y les importa una causa, la cual puede ser, por ejemplo, salvar a una mujer de las garras de un malvado, y harán cualquier cosa para lograr ese objetivo, así tengan que poner bajo tierra a la mitad de los seres humanos para alcanzarlo. Tal vez ellos (Clint y Silvester) no sean así en la vida real, pero en las ficticias que han tenido que interpretar sí lo son. Nunca conocemos mucho más allá de su rabia, a no ser una nimia escena en la que nos dan a entender que alguien alguna vez les pisó un callo. La falla no es de ellos, de Eastwood y de Stallone, sino de los libretistas de sus películas, o de los autores de los libros adaptados para dichas películas, que no pensaron en que por mucho que a la gente le atraiga la violencia, también quisiera ver de vez en cuando a esos hombres doblarse de dolor de estómago, o mirarle la melena a una mujer y suspirar, o tener ganas de quedarse en cama un domingo porque ¡qué hartera levantarse!, o incluso comerse un Donut al lado de un niño, no tiene que ser su hijo, pero que muestren algo de humanidad. A ese tipo de personajes se les llama planos, porque son especies de Terminator que no conocen más que una emoción.