Entre los años 2003 y 2004 realicé una especialización en Hermenéutica Literaria en una universidad de Medellín.

Una mañana, mientras miraba páginas sin objeto en internet, de pronto me topé con la convocatoria para matricularse en la especialización, eran los últimos días de trámites, ya que durante las siguientes dos semanas estarían, en la universidad, inscribiendo a los rezagados y preparando el inicio de actividades académicas que se daría a la tercera semana. Al lunes siguiente yo viajaba a un evento de tecnología en Las Vegas, Estados Unidos, como representante de la compañía para la que trabajaba; allí permanecería quince días, por lo que si quería entrar a cursar la especialización debía matricularme en las próximas veinticuatro o treinta y seis horas o me quedaría sin cupo.

Recuerdo que llamé a solicitar una entrevista (ese era el primer requisito a cumplir), y me la dieron para las horas de la tarde en una de las oficinas de la universidad. Terminé la mañana en función de aquella sesión, me sentía ansioso, me preguntaba qué me preguntarían, y si se me presentaría algún inconveniente para pasar.

Aquel anuncio había sido como un llamado a la acción que había surtido en mí una descarga propulsora. En mi mente veía pasar imágenes de los resultados que obtendría si cursaba y aprobaba aquel currículo. Me convertiría en el mejor escritor del mundo, qué más podía esperar si sin haber estudiado nada formal en el campo de la literatura ya había ganado varios concursos de cuento y había conseguido que Manuel Mejía Vallejo, el mejor y más tradicional escritor antioqueño de la época, se fijara en mi trabajo y promoviera que se publicara un libro con mis cuentos.

Apenas unos pocos minutos antes de la hora para la entrevista estaba sentado en una silla al frente de la puerta de la oficina. Adentro había una mujer de unos cincuenta años, estaba sentada detrás de un escritorio de madera viejo, con la cabeza gacha y la mirada metida en las páginas de lo que debía ser un libro. Yo la miraba leer y de tanto en vez apuntar con un lápiz amarillo algo en una libreta a la derecha de donde tenía el libro. Dos veces la vi levantar la cabeza y mirarme con ojos extraviados como si llevara horas concentrada en su actividad.

Súbitamente, en un momento en el que por suerte había dejado de pensar en la entrevista, la mujer me llamó.

—pst, pst…

Alcé la cabeza y ella me dijo con un dedo que me acercara. Me levanté, avancé dos pasos hasta pararme debajo del umbral de la puerta, donde me detuve.

—Adelante —me dijo la mujer, al tiempo que señalaba un asiento que estaba frente al escritorio. Caminé tres pasos más, halé la silla agarrándola por la parte alta del espaldar y me senté. La mujer no dejaba de mirarme. Tenía los brazos sobre la mesa y las manos cruzadas y me observaba con expresión generosa, casi risueña, aunque no abría la boca—. Clemencia —me dijo—. ¿Qué lo trae por acá?

—Vengo para la entrevista —le dije.

—No me diga —me dijo ella y luego me preguntó—: ¿Por qué quiere estudiar la especialización?

Y así comenzó nuestra conversación.

Recuerdo que disfruté aquel estudio, pero no puedo decir que fuera necesariamente lo que estaba buscando. Cuando llamé a solicitar la entrevista imaginé que me enseñarían, de un año para el otro (lo que duraba la especialización), todo lo necesario para sentarme a escribir y crear personajes creíbles y fantásticos, escenarios llamativos y casi reales, tramas envidiables, tan interesantes como las que escribe James Paterson, en fin. Pero resulta que al cabo de tres semestres lo único que había hecho había sido escuchar cátedras aburridas de teoría en las que los profesores parecían estar trabajando con niños de primaria. Me preguntaba si la universidad, si la directora de la especialización (aquella mujer con la que había tenido la entrevista,) o los profesores, tenían idea de lo que era escribir novelas. Me respondí que no. Entonces, me volví a preguntar, cómo pretenden enseñarnos a hacer eso si ellos nunca lo han hecho, apenas si saben rescatar de libros académicos teorías obsoletas con definiciones que esperan que nos aprendamos de memoria.

Al final de la especialización, un profesor, que sabía que yo escribía, y que justamente había sido uno de los jurados que había escogido varios de mis cuentos para menciones especiales en un concurso en el que participé, me propuso escribir una monografía como nunca se había hecho en una especialización y como estoy casi seguro que nunca se volverá a hacer:

—¿Usted por qué no escribe una novela —me dijo aquel profesor—, y mientras la escribe va contando, paso a paso, todo lo que se le vaya ocurriendo, lo que vaya pensando, lo que le dé dificultad, y claro, cómo va resolviendo los problemas que se le presentan, de tal forma que al final de la escritura de esa novela, haya escrito también la monografía, una de veinte páginas (al final escribí un libro de doscientas), que le sirva a cualquier aprendiz de escritor como libro de  referencia para entender los retos y problemas que se le presentan a los escritores mientras escriben y cómo pueden resolver esos problemas?

Una pregunta (propuesta) larga.

Por eso la monografía no podía ser corta.

Recuerdo que cuando el jurado devolvió mi monografía (no una interpretación de veinte páginas sobre la lectura de un capítulo de Cien años de soledad) revisada y calificada, consideró mi trabajo (una novela de 250 páginas y un ensayo literario de 200) como meritorio.

Pero, por alguna razón que nunca pude entender, aquella mujer que me había hecho la entrevista, la cincuentona, la directora de la especialización, la que nunca había escrito ni una novela ni un ensayo literario, me dijo, cuando le pregunté si efectivamente habían dado meritorio a mi trabajo, que esperara, que ella quería hacer una reunión con los jurados de la monografía para preguntarles si estaban dando mi monografía meritoria o si solo habían utilizado la palabra “meritoria” de la misma forma que hubieran utilizado la palabra “buena” o la palabra “interesante”.

Me pareció curioso, pero bueno, ella tenía el poder.

Al cabo de varias semanas (debió ser álgida la discusión entre los jurados y la directora), esta última me citó y me dijo sin mucho adorno que los jurados no habían dado mi monografía meritoria, sino que, efectivamente, habían utilizado la palabra “meritoria” de la misma forma que hubieran utilizado la palabra “buena” o la palabra “interesante”.

Lo cierto es que dos años después vi la convocatoria para participar en la XXXVIII versión de los Premios Nacionales de Novela de la Universidad de Antioquia, versión “novela”, y me presenté con la que había escrito para la monografía, con tan buena suerte que, para no alargar la historia, me llevé el primer lugar. La obra la publiqué al fin para el certamen “Bandidos y hackers” y con ese nombre se publicó por el Fondo Editorial de la Universidad de Antioquia en el año 2006, y salió al mercado. Hoy ya se vende en Amazon la segunda edición.

¿Y qué pasó con aquella monografía que escribí, o mejor, con aquel ensayo literario de 200 páginas? Pues que la presenté seis años después de haberla escrito al mismo Fondo Editorial de la Universidad de Antioquia, donde al cabo se publicó en el año 2011 con el título de Construir una novela, cómo orientarse en el proceso de creación literaria. La verdad es que le hice ciertos cambios en los años que mediaron entre la escritura y la publicación, y ciertamente no parece contar el proceso de escritura de Bandidos y hackers, pero sí de otra obra, esta ficticia, titulada Historia de amor. Hoy también se consigue en Amazon la segunda edición de Construir una novela, cómo orientarse en el proceso de creación literaria.

Las cosas de la vida.