De Isabel Allende se dice que escribe una prosa que no ofrece dificultad alguna de lectura, que no intenta nunca crear nuevas formas de escribir. Que para ella existe la historia, y nada más. Que el humor está siempre presente en sus escritos, lo mismo que el amor. Ella confiesa que cuando se sienta a escribir crea un espacio, un tiempo y unos personajes y la historia va discurriendo por sí sola, es decir, escribe con una brújula en la mano, mediante la cual va buscando el camino cada vez que se pierde, pero nunca construye un mapa en el que pueda ver la geografía de su historia con antelación. A pesar de ser una superventas, es considerada por muchos críticos escritora de subliteratura (yo prefiero llamarla paraliteratura, es decir, literatura comercial) o, «en el mejor de los casos, como una copia menor de Gabriel García Márquez». Se la ha acusado de muchas otras cosas: Harold Bloom, de ser «muy mala escritora»; Elena Poniatowsca, de fenómeno comercial; la argentina Angélica Gorodischer, de alimentar estereotipos femeninos caducos, que no aportan nada a nivel de literatura ni de género; y Roberto Bolaño, su compatriota chileno, de solo una «escribidora». En lo personal, nada puedo decir de ella, pues nada de ella he leído. Solo que el mundillo literario es implacable con los suyos. Y eso sí que es verdad.