Uno de los aspectos a los que más cuidado hay que prestar al escribir una novela es el del manejo de los personajes. Tener al menos un personaje y un antagonista que le genere conflictos es imprescindible para que la novela cobre tensión. Pero cuando trabajas con muchos personajes principales es importante (más que cuando lo haces con apenas uno principal), la planeación. Esto debido a que al personaje principal hay que construirlo con mucha atención, no puedes cambiarle el nombre a mitad de la novela solo porque se te pasó (aunque esto no debiera pasarte con ninguno), tampoco debes mostrarlo como si fuera alguien con una mera característica de resaltar, lo que lo haría plano, como cualquier personaje secundario. La verdad es que nadie es completamente bueno ni completamente malo, todos tenemos un poco de Dios y un poco del diablo. Y así hay que mostrar a los personajes, sobre todo a los principales.

Pongamos por caso a Edmundo, el protagonista de mi novela Zanahorias azules (un personaje principal, como lo es también su mujer Íngrima y su pequeño hijo Christian). Se trata de un hombre de hogar, pues tiene familia, pero también es bastante disoluto, saliendo de una relación de infidelidad para meterse inmediatamente en otra, sin importarle si su mujer sufre por ello o no; es un hombre trabajador pero no comparte las obligaciones de la casa, prefiere dejar las responsabilidades a su mujer, quien le ha demostrado que nunca dejará de entrar comida ni de pagar las deudas; tiene aspiraciones en su trabajo, pero no se mueve en la dirección que le garantizaría conseguir un ascenso; le dedica algo de tiempo a su hijo, pero no de gran calidad, como si estar juntos fuera suficiente para decirle al mundo entero: “he cumplido como papá”. En definitiva, es un ser humano con todas las complejidades de los seres humanos, ni completamente blanco ni completamente negro, tampoco porque sea gris, más bien tiene un poco de blanco, un poco de negro e incluso un poco de gris.

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Para mostrar a un Edmundo con estas características no puedes simplemente contar que él es así, debes mostrarlo haciendo de esposo indiferente, padre presente a medias, empleado ambicioso pero pusilánime, hombre mujeriego y mal marido. Tener todas estas escenas puede ser algo que lleves a todas partes en tu mente si solo estás escribiendo de Edmundo, pero si además Íngrima y Christian también son protagonistas, y cada uno de ellos como personaje tiene la complejidad que ya mencionábamos en Edmundo, no puedes pretender tener todo el tiempo tantas ideas en tu mente y ser consistente cada vez que escribes. 

Para subsanar esta dificultad lo mejor que puedes hacer es planear, crear un cuadro de características, digamos en un Excel, y en él mantener no solo los detalles particulares de cada uno, lo que quieres resaltar de cada personaje, sino también las escenas, mostrando minuciosamente quienes participan en ellas, quienes cumplen un rol principal y quienes cumplen un rol secundario, qué van a hablar, qué van a actuar, y qué quieres resaltar de cada una de las personalidades a medida que vayan siendo ellos mismos mientras actúan en la escena. Eso es planear.

Y no sólo eso, también debes tener en cuenta el escenario: en la determinada escena van a estar en una habitación, en el comedor, en la sala de la casa, o estarán en la oficina donde trabaja alguno de ellos, o en el colegio donde estudia el niño, cómo está ambientada esa locación, quienes permanecen alrededor de los personajes que le dan vida a la escena, y qué hacen mientras la escena se desarrolla; afuera está lloviendo o haciendo sol, y esto qué ocasiona en los personajes, qué tengan frío o calor, lo expresan o simplemente una cosa es lo que pasa afuera y otra lo que sucede adentro, en el escenario donde permanecen nuestros personajes. 

Y qué hay del tiempo, ese que transcurre, el que contamos en un reloj. Lo que sucede entre los personajes hace que vaya muy rápido o muy despacio, o simplemente ellos no se dan cuenta de nada. 

En fin.

Planear una novela es tener en cuenta todas estas consideraciones, llevarlas a un bosquejo, a un mapa, a una herramienta donde puedas seguirlas permanentemente y las cuales te permitan ser siempre consistente con lo que estás contando.