Ahora bien, para escribir esa mentira que es una novela, hay que tomar diferentes decisiones. La primera es si vas a empuñar un lápiz y vas a atacar con él la hoja de papel sin apenas pensar en nada, a ver qué te sale; o, por el contrario, vas a sentarte a la mesa del comedor,  con un vaso de agua en la mano y vas a pensar qué vas a contar, quién o quiénes van a ser tus protagonistas, donde se va a desarrollar la historia, quién actuará como antagonista, en qué época sucederán  los hechos, y si va a estar lloviendo o haciendo sol mientras pasa lo que tenga que pasar. Ninguno de los dos métodos está mal, cada quien se rasca sus pulgas como quiere. Javier Marías, por ejemplo, reconocido escritor español, empieza a escribir y trata de no perderse gracias a la brújula que siempre lleva en las manos; Arturo Pérez-Reverte, otro reconocido escritor español, en cambio, planea cada paso que da antes de levantar un pie del piso. Lo importante es que en ambos casos el autor debe cuidar que el comienzo de la novela no sea muy largo, que las escenas sucedan secuencialmente, que no se le pierdan personajes en el camino, que la lectura resulte fluida, que el desenlace no surja abruptamente y, en fin, que al final no salga ningún problema y todo esté equilibrado. Por lo demás, haz lo que quieras.