Recuerdo que cuando entré a la universidad veía los laboratorios como algo inalcanzable. Me parecía imposible que algún día yo llegara a trabajar con equipos eléctricos, medir las corrientes que circulaban por sus cables y los voltajes que hacían que esas corrientes se movieran tan libremente. Por un lado porque cuando uno es un “primíparo”, como llaman los estudiantes avanzados a quienes apenas llegan a las aulas del Alma Máter, ve pasar el tiempo con lentitud y considera que quienes ya han visto transcurrir ese tiempo y han superado las pruebas que pone, son seres elegidos a los cuales uno quizás no llegue a alcanzar; pero además porque en aquel tiempo me daba miedo la electricidad. Recordaba los calambrazos que me habían recorrido por cualquier descuido, especialmente cuando era casi niño, y no quería volver a sentir eso que uno no sabe cómo describir: ¿dolor?… Sí, tal vez es dolor.

Pero el tiempo pasó y fui aprendiendo las leyes básicas de la electricidad, aprendí a modelar y construir circuitos por los que pasaban altas corrientes, corrientes capaces de matar a un toro, pero también aprendí que hay medidas y controles que se pueden y deben tomar para evitar los riesgos que los electrones en movimiento representan para nuestras vidas cuando no se los sabe tratar adecuadamente. Y aprendí a medir las variables eléctricas, y a diseñar y construir incluso máquinas como generadores y motores, de los mismos que convierten el potencial del agua, dado por la altura, en fuerza dada por el movimiento y la velocidad de esa misma agua cuando cae de la gran altura sobre las aspas de una turbina, produciendo al fin, por el virtuoso privilegio del magnetismo, la energía que mueve desde pequeñas aldeas hasta grandes ciudades.

El conocimiento da tranquilidad, confianza para enfrentar cualquier riesgo. Es verdad que la electricidad es peligrosa si no se la trata con respeto, pero también útil, muy útil, y, al fin, fácil de manejar. Basta apenas con tener en cuenta las consideraciones básicas y las leyes que la rigen, y trabajar con ella se convierte casi en un juego.

El tiempo pasó, indeclinablemente, y aquellos laboratorios de la universidad un día se convirtieron en una especie de segunda casa para mí: en ellos pasaba muchas horas, por un lado haciendo mis prácticas, y, por el otro, enseñándole a quienes venían tras de mí, a esos nuevos primíparos, lo que yo ya había aprendido. Un día, incluso, terminé la carrera, me había hecho Ingeniero Electricista, y mi primer trabajo fue como profesor. Enseñaba a personas de todas las edades, en una institución de educación no formal, a trabajar con electricidad. Aquellas clases fueron justamente el aliciente que tuve para escribir sobre lo que había aprendido, eso que ahora muchos otros también querían aprender, y que yo podía y quería enseñar. Y fue así como nació Principios de electricidad. Este sería el primero de tres libros, pero de los otros dos hablaré en otro post.