Así empieza Infección, el cuento que escribiera Andrés Caicedo en 1966, cuando contaba apenas 15 años; a los 25 se suicidó:

«Bienaventurados los imbéciles, porque de ellos es el reino de la tierra».

El sol. Cómo estar sentado en un parque y no decir nada. La una y media de la tarde. Camino caminas. Caminar con un amigo y mirar a todo el mundo. Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.

—Mirá, allá viene la negra esa.

Francisco es así, como esas palabras, mientras se organiza el pelo con la mano y espera a que pase ella. Ja! Ser igual a todo el mundo.

Pasa la negra-modelo. Mira y no mira. Ridiculez. Sus 1,80 pasan y repasan. Sonríe con satisfacción. Camina más allá y ondula todo, toditico su cuerpo. Se pierde por fin entre la gente, ¿y queda pasando algo? No, nada. Como siempre.

(Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar por lo que se lucha. Amar es desear todo, luchar por todo, y aun así, seguir con el heroísmo de continuar amando…»

El texto sigue.

Desde muy joven dijo que esta vida no valía vivirse más allá de los 25 años. Y, fiel a lo que se prometió, en 1977 intentó varias veces suicidarse, hasta que lo logró. Me pregunto qué hubiera podido escribir de haber llegado a los 50 años.

Bienaventurados los que viven hasta la muerte consistentemente.