A Manuel Mejía Vallejo lo conocí, fue mi mentor, y me acompañó (yo me le pegué) durante los últimos tres años de su vida. Era un hombre inteligente, de estirpe rural, y una experiencia increíble sentarse a conversar con él mientras se tomaba su ron con Coca-Cola, el cual, decían, estaba tan asimilado por su cuerpo que era más perjudicial quitárselo que dejar que se tomara muchos, desde el amanecer hasta antes de dormir. A Mario Escobar Velásquez también lo conocí, lo traté unos dos años, y era la contracara de Manuel. Grandote, agreste, salvaje como la sangre que corría por sus venas; una tarde me sacó a pelear porque no nos poníamos de acuerdo en un tema. Pero, ¡quién le iba a salir! De Morris West leí toda su obra, El verano del Lobo Rojo varias veces; me encantaba la cadencia de su prosa, y fue con el que empecé a entender lo que significaba «tener una voz propia». Esos son los muertos. Los vivos son Houellebecq, Coetzee y Murakami. Y los seis son mi «Grupo Mente Maestra», como diría Napoleón Hill, para escribir. De estos tres últimos me fascina la irreverencia del primero, el realismo del segundo y, curiosamente, el surrealismo del tercero. Todo aprendiz de escritor debe leer mucho, y es muy recomendable que tenga su GMM que lo inspire, lo guíe y lo empuje cuando sea necesario.