Cierta tarde encontré a un excompañero de la carrera de Ingeniería Eléctrica en la avenida Oriental, vestía completamente contrario a como lo hacía entonces: lustrosos zapatos negros, traje azul oscuro sobre una camisa blanca adornada por una corbata roja estampada. Caminaba relajado, sin afán, como si viniera del Ástor  de comerse una chocolatina con café negro sin azúcar. En la mano llevaba una bolsita de papel doblada por la parte superior.

—Ajá, ¿y éste qué? —pensé. Mi amigo era costeño, de Barranquilla, y el ajá me salió como de contragolpe.

—Eche, en ti venía pesando, me dijo él mientras inclinaba el cuerpo hacia atrás, como un torreo de cara a la bestia a punto de embestir.

Aquella expresión me pegó en la cara y el pecho como una ráfaga de viento frío en una tarde calurosa.

“Pensando en mí”, me pregunté. “¿Por qué virtuoso sortilegio?”

Hacía más de veinte años que no nos veíamos y me iba a decir que de pronto cualquier tarde nos encontramos y él venía pensando en mí.

—¿Y eso? —le pregunté.

—Imagínate que una noche, antes de acostarme, me puse a amazoniar en el celular.

Levanté la ceja izquierda al abrir el ojo, al tiempo que cerraba el derecho. Mi amigo entendió que no entendía aquella palabra, y entonces me la clarificó mientras me daba un golpecito en el hombro.

—Pasando páginas de libros en Amazon.

Luego continuó.

—Y mira tú, eche, me encontré con un libro llamado Electrónica básica, y lo firmabas tú.

Se refería a la segunda parte de Electricidad y Electrónica, una colección de tres libros que escribí durante los dos años siguientes a haberme graduado de la universidad.

—Y mira tú —continuó mi amigo, aquella imagen me hizo acordar de que yo también era Ingeniero Electricista de la Nacional.

—Qué bueno —le dije—. ¿Y a qué te dedicas pues?

—Tengo un emprendimiento de ventas al por menor; compramos mercancía en China y la revendemos a través de una página que creamos en Shopify.

—Qué bueno —le dije—. ¿Y te va bien?

—Mucho —me respondió—. Tanto, que me queda casi todo el tiempo del día libre.

—¡Cómo! —exclamé.

—Sí —continuó mi amigo—. Y es por eso que me acordaba de ti cuando te encontré.

—¿Y eso? —le dije sin comprender.

—¿Ves esta bolsita? —me dijo levantándola a la altura de nuestros ojos. Era café y estaba un poco arrugada.

—Sí —le dije mientras bajaba la mirada que seguía la bolsita que aterrizó otra vez junto al bolsillo derecho de su pantalón.

—Después de revisar tu libro, muy bueno por cierto —me dijo—, me provocó volver a jugar con la electrónica.

—No me digas —le dije.

—Sí te digo —me dijo—. Y tres veces a la semana, por las tardes, me dedico a hacer circuitos electrónicos: multiplicadores, integradores; me encanta jugar con los secuenciadores de luces. Imagínate que construí una fuente de poder igualita a la que tú enseñas a crear en tu libro. Jugar con la electrónica se me ha vuelto un relax.

—¿Y todo eso por ver Electrónica básica en Amazon?

—Fíjate tú —me dijo—. Pero sí. Todavía no he visto qué escribiste en los otros dos libros, ¿cómo se llaman?…

Principios de electricidad el primero, y Amplificadores operacionales y otros dispositivos especiales el segundo —le dije.

—Eso, en fin…—me dijo clavando una curiosa mirada fija en mis ojos—. pero éste… me encantó.

—¡Qué bueno!, gracias —le dije.

Me dio otro golpecito en el hombro con la mano libre abierta, y se despidió de mí. Luego, siguió caminando por la avenida Oriental rumbo a la avenida La Playa. Ni siquiera me preguntó qué había de mí, a qué me había dedicado después de la universidad o si me iba bien o mal. Tampoco me dijo nada más de él. Así era él. No había cambiado nada.

—Ajá, fíjate tú —me sorprendí diciéndole a mi flaca imagen reflejada en el vidrio de una enorme vitrina a dos metros de mí.