(Fragmento de Zanahorias azules)

A las tres de la tarde de ese domingo de abril la casa está sola como una iglesia a media noche, fría como un convento, triste como un pequeño huérfano en Navidad. Íngrima ha terminado todas las labores del día, o al menos las que ella considera de obligatorio cumplimiento (cocinar, sacudir, barrer, trapear, en fin), apenas media hora atrás. Siente un liviano bienestar en su cuerpo. Su corazón late también con alegría, como si en lugar de haber perdido la oportunidad de compartir con su familia, al no ir con ellos al zoológico, hubiera ganado el momento y el lugar para disfrutar consigo misma. En sus ojos se dibujan flores inexistentes, amarillos y rojos intensos que adornan árboles de grueso tallo, elevándose altos y espigados a lo largo y ancho de un extenso campo verdeante. Se ha bañado, se ha vestido con negra y nimia lencería de encaje (nada más encima), se ha maquillado, se ha cepillado hasta alisar el pelo y se ha limpiado los dientes como si se dispusiera a salir a una cita nocturna con un amante consentidor. Los negros zapatos de tacón de aguja elevan siete centímetros su estatura.

«Qué linda estás, Íngrima», piensa. «Eres otra».

El espejo le devuelve una imagen que la revitaliza, la hace sentir mirada, querida, deseada (no sabe por quién —tal vez por Bosco, pero Bosco no está con ella—, pero se siente así: mirada, querida, deseada).

«Tal vez si no te hubieras casado con ese hombre, con Edmundo», piensa, «hoy tendrías otra suerte». Y piensa: «A tu lado habría alguien que te dedicaría miradas de amor; que se acostaría en las noches pegado a ti y te dormirías sintiendo en tus nalgas el cálido toque de sus manos tibias. Tal vez Bosco, sí, tal vez Bosco. No sabes. Podría ser. Algún día (o varios) a la semana, se levantaría primero que tú, prepararía café con leche y te lo llevaría a la cama, para que cuando despertaras probaras su dulce sabor y sintieras en el calor que despediría el pocillo la tibieza con la que él mismo habría preparado los dulces tragos de la mañana».

Está sentada en el borde de la cama, erguida, haciendo carrizo con la pierna derecha. Hinca el cuerpo, estira la mano, y de la cajonera que reposa bajo el espejo, toma un frasco de crema humectante. Destapa y vierte en su palma izquierda varias gotas que siente frías, más bien frescas, incluso tibias; de todas formas, se deja seducir por la espesura de la sustancia que disfruta golosamente, melosamente, como un gato al que su amo le pasa la mano una y otra vez por el lomo para que se duerma.

Y mientras se masajea las piernas con las manos, mientras se mira al espejo, recuerda la conversación que tuvo con Bosco la primera vez que salieron. Era viernes, eran las cinco de la tarde, era un café oscuro en la calle 10, en El Poblado; El Cafetín, se llamaba, y ellos estaban sentados a la última mesa, bajo unas escalas de bermeja y desnuda madera que nunca supieron a dónde llevaban y que mientras estuvieron allí nadie utilizó. Detrás de la barra, ocupada por pequeñas vitrinas en las que se ofrecían productos (galletas, chocolatinas, brownies y más) preparados a base de café, atendían dos mujeres jóvenes, hermosas y amables. Vestían diminutas camisetas negras sin mangas y shorts ídem. Les sirvieron capuchinos calientes y lo mejor, después de servirlos, los dejaron hablar con toda tranquilidad.

Hipnóticamente, las palabras de Bosco (pero también lo líquido de sus ojos mientras hablaba, la penetrante mirada, la seguridad de su expresión), durante varios minutos, empujaron a Íngrima, primero suavemente, lentamente, hacia un abismo de encanto, de dulce ensoñación, y más tarde, con toda la fuerza de su verbo y de su imaginación, hasta dejarla colgada del filo de la expectativa.

—Un hombre se casa con una mujer —escuchó, de pronto, Íngrima que decía Bosco—, porque la encuentra atractiva, seductora, sencillamente deliciosa. La posee. De esa dulce situación nace uno, o tal vez dos, tres, cuatro y, aunque resulte increíble, hasta cinco hijos. Agotada de tanto parir, la mujer queda reducida a la ropa que se pone, la cual le queda ancha y larga. La mujer se ve, pues, juagada. Y la verdad sea dicha: una mujer con cinco hijos solo puede ser amada por su marido, si lo tiene. Pero, si además está juagada, no creo que la ame nadie. No en esta época.

Íngrima lo miraba, concentrada y abstraída, alelada, absorta y embelesada. Ya lo había escuchado durante media hora, pero lo quería escuchar más. Tenía un montón de historias para contar y las contaba con permiso o sin él. Actuaba, gesticulaba, subía el tono de su voz y lo bajaba dependiendo de la impresión que quisiera causar. Quería seguirlo a donde fuera, quería hablarle y escucharlo tanto como le fuera posible. Pero ahora, especialmente, lo veía meterse en un tema que, apenas identificarlo, lo sintió como un golpe que alguien le propinara en el corazón. El golpe no se lo dio él, por supuesto, no, no Bosco, claro está; sino su propio interior, la interpretación que ella hacía de lo que escuchaba. Él seguía:

—De novios iban a todas partes, juntos, se tomaban de la mano, y él se sentía el centro del universo con ella a su lado. Cuando caminaban por la acera, curioseando las vitrinas de los almacenes a lado y lado de la avenida, el sol caía sobre ellos como un bálsamo de amor.

»Todavía recién casados, él la acaricia, duerme muy pegado a ella, y el día se le hace corto para hacerle el amor.

»Pero al verla embarazada —seguía él—, algo cambió. Como si alguien hubiera corrido un velo que el hombre hiciera tiempo tenía frente a los ojos. Y la que hasta ahora había sido una diosa, su sueño hecho realidad, de pronto lleva el pelo sin peinar, la bata ancha, a veces sucia con la mugre de la cocina, llora con frecuencia, grita sin razón. Y en la cama despide un desagradable olor a ajo.

Íngrima se preguntaba como aquel hombre de veinticinco años, soltero, que no había vivido aún con ninguna mujer, podía hablar de aquellas experiencias como si las hubiera tenido. Por momentos le parecía que hablaba de ella, sí, de Íngrima, que conocía su historia particular, y que lo que le decía no buscaba más que impresionarla.

—Embarazada del segundo hijo —continuaba Bosco—, ya él nunca va con ella. Y no es extraño verla recorrer los centros comerciales vestida de trusa negra y camiseta gris, tenis sucios, mirando cada tanto atrás para ver dónde viene la hijita mayor, y tratando de responder las preguntas que le hace su hermana, que es ahora su única compañía para salir.

Íngrima, acostumbrada como estaba a no hablar con Edmundo casi nunca, no sabía si hablar o callar. Y prefiere lo segundo a lo primero. Escuchar a Bosco es como escuchar una novela cuyo tema se parece mucho al que ella diría que es el de su vida. Como una flecha con una estopa como inserto, vio pasar un verso de Dante por su cabeza: «…yo hice de mi propio hogar un patíbulo…», pero seguía escuchando al hombre con toda atención:

—Pero ya sabes —dijo Bosco—, otros entran a un café como una gran familia henchida de amor. Pueden pasar por abuelos o suegros. En cualquier caso, una maravilla. Y al fin de cuentas, pueden ser las dos cosas a la vez: padres de ella, aunque por una relativa distancia emocional no lo parecen; en ese caso fungen de suegros de él. Y al contrario: una tercera mujer, tan joven como para ser hija de los viejos, pero tan mayor como para ser hermana de la mujer, aparece de pronto. Mira sin mucho interés alrededor. Es imposible que no se hubiera percatado de los grandes ventanales que ocupaban el lugar, existían en todas las paredes. Por sus oídos debía entrar la música de fondo, americana, suave, como para dormir o estudiar. Se sentó en un pub detrás del viejo en la silla de ruedas. Estaba tan silencioso como un muerto en una tumba, o como una cripta en la noche. Había algo intrascendente, y aunque las dos mujeres la miraron, fue la vieja la que respondió el saludo.

»El chico llegó después con un vaso de cartón lleno de café en la mano derecha. Se acercó a la mujer, le ofreció a beber y ella le dio un sorbo a la bebida sin comentar. Cuando abrió los ojos, después de tragar, todos se volvieron a mirar al hombre que llegaba. Era bajo, de pelo negro y cara redonda, y hablaba con sumisión, como si la garganta no le permitiera subir más, o la mujer, junto a la cual se sentó, lo intimidara.

Estar con Bosco, escuchar sus palabras, sus historias, en las que ella captaba personajes, escenas, ambientes, argumentos, temas, en fin, iba más allá de la simple comunicación, «va más allá de la típica y tradicional fórmula de emisor, mensaje, receptor», pensó Íngrima. Y pensó en la cantidad de individuos interesantes que había en el mundo. Hombres como Bosco. O Bosco mismo. Lo que le hizo preguntarse qué hacía ella con Edmundo y si debía seguir con él. Los momentos de grata conversación al lado de Bosco, le hicieron preguntarse si la vida que llevaba junto a quien era su esposo, era digna de llamarse vida. «Estamos juntos», pensó entonces Íngrima, «pero es muy poco lo que realmente compartimos; tenemos responsabilidades en común, incluido un hijo, pero cada uno entiende la responsabilidad de forma diferente. Hace trece, catorce años que transitamos un mismo camino, pero, cosa curiosa, esos caminos parecen llevarnos a partes diferentes».

—¿Quieres otro café? —le preguntó entonces Bosco a Íngrima, sacándola de su abstracción.

—¡Qué delicia! —dijo ella—. ¡Sí!

Y regresando de sus recuerdos, otra vez en la habitación, deja el frasco de nuevo sobre la cajonera y con ambas manos se riega el pálido y aromático líquido a lo largo de la pierna. La rodilla siente la piel caliente y los muslos, pálidos, blandos, tibios, degustan la exquisita caricia de la palma de la mano. Deshace el carrizo, cruza la otra pierna, toma de nuevo el frasco y repite el proceso. Mientras se acaricia el contorno, mira, contradictoriamente, distraída y concentradamente, la imagen que se refleja en el espejo. Los ojos de Íngrima se posan en los crespos rubios del capul que despide la imagen y recorren, como si lo hicieran por una sinuosa carretera, las ensortijadas curvas que se dibujan en la línea que se dobla y cae rendida sobre los hombros. Aún agachada, sin dejar de masajear la pierna izquierda con ambas manos, la mirada hechizada se mete en la cavidad profunda y estrecha que forman los senos de la imagen.

Piensa en Edmundo: «Tanta mujer para tan poco hombre», se dice.

Deja de masajearse y, hundida en la quietud y en el silencio de la habitación, inventa unas manos masculinas que casi ve en el espejo surgir de atrás de la mujer que no es otra que su imagen.

«Adelante», dice, como si en verdad le hablara a un hombre que estuviera tras esa imagen. Lo ve arrodillado, el velludo y fuerte pectoral contra su espalda, pasando por encima de sus hombros las manos grandes y peludas como las de un oso. La forma de esas manos, que se parecen a las de Bosco al posarse sobre sus redondos y blancos senos, adquiere la misma forma, son del mismo tamaño, tal vez un poco más pequeñas que las de Bosco, y aprietan y sueltan para volver a apretar y volver a aflojar. Íngrima no puede soportar tanta dicha y emite un gemido. ¡Um!, ¡que rico!

Según la fabuladora, la ansiosa, la necesitada mente de Íngrima, la imagen de la mujer en el espejo debiera ver el cuerpo desnudo del fornido individuo que se ha dado la vuelta, sigiloso, lento, sutil; como un gato, se ha bajado de la cama y yace ahora frente a ella, frente a Íngrima. Sí, sí, es Bosco. Apoya la rodilla derecha en la cama, posa la mano de ese lado en su rostro, en su cuello, y empuja suavemente, puerilmente, el garañón cuerpo femenino que se deja caer en el colchón. Ahora él está también horizontal, los dos como dos tablas, uno encima del  otro, sin que un nimio resquicio entre ellos deje pasar un átomo de luz de un lado a otro de sus cuerpos ansiosos.

Pero no… su imagen, el reflejo de Íngrima que devuelve el espejo, ahora no mira a la mujer, a Íngrima, pero de hacerlo vería a una opulenta hembra, sola, tumbada de espaldas en una amplia cama, semidesnuda, cada vez con más piel expuesta, una pierna extendida, la otra doblada con la rodilla hacia el techo, los brazos en cruz mientras las manos empuñan apretando con pasión la blanca sábana de la cama (antes templada, lisa) ahora arrugada, el cuello contra el borde de la cama, la cabeza casi tocando el piso de verde baldosa fría y silente. Si Íngrima pudiera ver esa imagen, se preguntaría qué le pasa a esa mujer, qué le pasa a Íngrima. A lo que la mujer, Íngrima, embebida en su ensoñación, con apenas respiración, los labios apretados, no podría responder, ya que ni se da cuenta de que está viva.

Las tablillas del techo, las puertas del clóset, los pequeños cuadros en la pared que aloja la puerta, miran con pasmo la escena. Es mágica. O tal vez obscena. Pero ella, la mujer, Íngrima, la hembra ardiente que parece darse a sí misma respiración boca a boca, por un momento en su día, se siente llena de vida y humanidad. «¡Um! ¡Bosco! ¡Bosco! ¡Qué rico!».

 

La luna, baja, emite su luz de forma casi horizontal. Atraviesa la ventana, se filtra por las cortinas y dibuja en la pared las líneas transparentes que decoran la tela. Ella se resiste a mirar esas franjas, todo lo que le suena a día (sol, luz, claridad) resuena en su cabeza como un duro martirio. Significa meterse otra vez en la cocina, preparar el desayuno, alistar la lonchera para Cristian, bañarse, despertar al niño para que se bañe, cuidar de que haga todo lo que debe hacer antes de irse a estudiar. Es la primera en despertar, la primera que se levanta y la última que sale de la casa, cuidando de que la entrada de gas quede cerrada, las luces apagadas, la puerta principal asegurada con llave. Y en la tarde, es la última en llegar, pero entonces tiene que meterse en la cocina otra vez, preparar la cena, recibir a los que llegan (Edmundo y Cristian), y servirles de comer. Cuando terminan, recoge la loza, la lava, barre y trapea la cocina y los baños, se da una ducha y si no está muy cansada ve algo de televisión. En la cama, lista para echarse a dormir, cosa curiosa, con frecuencia se le espanta el sueño. Y lo poco que duerme, lo duerme mal, como un vigilante que pernocta y que entre interrupción e interrupción se regala un sueñito.

Finalmente, las guacamayas han invadido el espacio con sus agudos y abundantes chirridos, sobrevuelan la calle a baja altura y se posan en un alto árbol de largas chamizas al que atraviesan las líneas de alta tensión; fuerte y sincronizado, el canto de los gallos precede al despertar del reloj, y éste, inoportuno, estridente, inflexible, estalla sobre el nochero, tan abrupto que el corazón de Íngrima da un brinco. La mujer se descobija, calmosamente, parsimoniosamente. Permanece acostada en la cama, ovillada como un gato, despotricando mentalmente por el frío gélido que, de pronto, baña su cuerpo.

«¡Qué frío está haciendo!», piensa. «Hoy quisiera bañarme con agua caliente. Hacer caso omiso a la recomendación que yo misma le hago siempre a Edmundo y a Cristian, de bañarse con agua fría, que es más fresca y saludable, y dejar la palanca del mono control de la ducha a la derecha. Pero es que hoy está helando. Con solo apartar la cobija de mi torso siento el aire helado que hay en el ambiente. ¡Y tener que meterme bajo el chorro de agua fría! Solo pensarlo me duele. No, hoy va a ser agua caliente la que va a recorrer mi piel. Pero ¿y mi piel?, ¿qué pasará con mi piel? Ya paso de los cuarenta años y empieza a ponerse fláccida. Los senos, aun con silicona, ya no se ven como cuando me los operé hace diez años. Ahora, están llenos de venitas azules. Lo mismo que mis piernas. Supongo que no es casualidad que a Edmundo no le guste.

»Él no me lo ha dicho nunca, pero me doy cuenta de ello en su mirada. Fija sus ojos en mis piernas, en las venitas azules de mis senos y en las arrugas resecas entre ellos, esas que me han salido sobre todo por el sol, y parece añorar otra cosa. Añora otra cosa, yo lo sé, lo siento. Aunque él sonría cuando lo sorprendo mirándome y aparte la mirada para no hacerme sentir mal. Pero es que ya me siento mal, aunque no me mire. Porque el solo hecho de pensar que me va a mirar y me va a ver así, como no le gusta verme, me hace sentir mal. Seguro que cualquier hombre quiere acostarse con una mujer a la que le pueda acariciar una piel tersa, firme, pareja. ¿Agua caliente? No, no, no, Íngrima, nada de eso. Agua fría. Aunque esté helando, Íngrima. Aunque esté helando, agua fría. Tienes que bañarte con agua fría. Es más, a partir de hoy empiezas con la terapia que te dio tu amiga: voy a llenar una media de Edmundo con cubitos de hielo y la voy a poner en la boca de la ducha. El agua va a salir más fría aún, casi helada, como los cubitos de hielo, pero la piel se va a sentir más tersa, más joven. Dios mío, ya no soy joven, soy vieja. Ya tengo más de cuarenta años».

Se sienta con esfuerzo en el borde de la cama y sus pies, finalmente, tocan las sandalias que le causan una aterida sensación de humedad. Sin encender la luz, mira el largo cuerpo de Edmundo extendido boca arriba en la cama, cobijado hasta la barbilla, los ojos cerrados, la respiración larga y pausada. Durante largos segundos permanece así, con la mirada aún como arrugada, fija en la figura masculina, sin pensar, como si pensar le doliera, o como si nada (ni imágenes, ni palabras, ni sombras difusas siquiera) nacieran en su mente.

Sale de la habitación, alza la mirada y observa la claridad que empieza a formarse en el corredor. Una tenue, insípida luz baña su cabello y lo ilumina. Íngrima cruza los brazos, las manos en los hombros, y se aprieta fuertemente; bosteza, abre la boca tan grande como si fuera a morder un melón, y con la mirada (los ojos pequeños), recorre las paredes del corredor. Sus ojos se pasean por la superficie de La noche estrellada de Van Gogh y Las Meninas de Velázquez, dos pequeñas imitaciones enmarcadas y colgadas con delgadas cuerdas de casi invisibles puntillas, y, al fondo, en el comedor, La última cena de Da Vinci, igual de pequeña, también enmarcada, y también apócrifa.

Bajo el marco de la puerta de la cocina, la mente de Íngrima está en blanco. No sabe por dónde empezar. «Qué hartera esta vida», se dice. Camina hasta la alacena y abre la puerta izquierda del entrepaño inferior, toma una olleta y la llena hasta la mitad de agua, la alza al fogón de gas y enciende la parrilla. «Todos los días lo mismo», se dice. Parece de mal genio, parece enojada cuando abre la nevera y saca el paquete abierto de arepas telas extra gruesas de marca Sary, toma una con la mano derecha y la pone sobre la parrilla que enciende a continuación.

Pronto, la temperatura empieza a elevarse en la cocina. Siente el calorcillo en los cachetes y se imagina que se le han puesto colorados. La punta de sus pezones ya no empuja la tela del piyama como cuando se levantó, ahora sus senos están redondos y lisos, como dos pomelos que acarician dulcemente el algodón. Dobla los brazos, pone cada mano en la parte inferior del respectivo pecho y se los sube y baja repetidas veces, como si los pesara. Suelta de nuevo los senos, baja las manos, se acerca al fogón y voltea la arepa. Otra vez los brazos cruzados parecen abrazarla. Ella se agacha, y al tiempo que se le levanta la falda del piyama, mira las rodillas gruesas y blancas, la parte inferior de los muslos estriados, las piernas rollizas y regordetas. De nuevo erguida, vuelve a darle vuelta a la arepa. Toma la olleta, sirve agua en un pocillo y se prepara un Colcafé instantáneo. Bebe concentradamente, reflexivamente, como si se preguntara por el rumbo que tomará su vida en la hora siguiente.

«¿Será que un día Edmundo se va?», se pregunta. «¿Será que un día nos abandona a Cristian y a mí? Recuerdo cuando me enamoré de él. ¡Bomboncito!, me decía. ¡Ja! ¿En qué quedó eso? Bueno, la verdad es que también yo estaba enamorada, también yo hubiera hecho cualquier cosa por tenerlo. ¿Cuántas veces, mis padres, mis demás familiares, mis amigas, me dijeron que era muy joven para mí, que era inmaduro, que solo quería llevarme a la cama? ¡Y qué fácil me llevó! ¡Y qué fácil me pidió luego que abortara! Bruto. De pura suerte se casó conmigo. ¿Suerte o desgracia? Pero no lo hubiera hecho si sus padres no lo hubieran presionado. Debí haberle hecho caso a los míos, cuando me dijeron que un niño no debía ser la razón para contraer matrimonio. Ya han cometido el error, recuerdo que me dijo mi papá, pero ese no debe ser el motivo para cometer otro. Y ya llevamos trece años de ese otro error.

»Es curioso que hoy vaya con Cristian a cine y que le demuestre cariño. Bueno, por fortuna se lo ha ido tomando. Recuerdo que incluso lloró cuando me dijo que él sabía dónde nos podían ayudar a superar este impase. Sí, así dijo, impase. ¿Cómo no me di cuenta en ese momento que era un animal? Que yo podía tener otro hijo más adelante, me dijo, conmigo o con otro hombre si era el caso, la vida no se acaba si abortas. Que ese niño todavía no era más que una masita ahí en la matriz. Así dijo, lo recuerdo. Y verlo ahora, a mi niño. Ha sido valiente para soportar tantas dificultades. Pero bueno, la vida es así.

»Y quién sabe si todavía faltan dificultades que enfrentar. Tal vez un día Edmundo nos abandone. Tal vez un día se vaya y la vida nos sonría a todos (a él, a mí, a Cristian) con mejores dientes como dice Edmundo. O tal vez un día nos demos cuenta de que podemos dejar de jugar el juego de papá y mamá, y dejar de ser el papá y la mamá, y ser nosotros mismos, aunque tengamos que serlo por separado. Que estemos juntos hasta el fin de nuestras vidas no significa que nos amemos, Edmundo. No. Lo único que significa es que somos la clase de personas que no saben reconocer sus errores. Y menos, enmendarlos».

El sonido que hacen las canillas al abrirse, y el agua circulando por las tuberías galvanizadas, es como una delgada serpiente invisible que se abre camino a través de sus oídos. Parece moverse en zigzag, serpenteante, y anidar en alguna parte de su interior, causándole una desagradable cosquilla. Ágil, como la misma supuesta serpiente, se lleva el dedo de la mano izquierda a la oreja y se rasca con precipitación. Experimenta un agradable descanso. Y después, como si pasaran las imágenes de una película por la pantalla de un televisor a toda velocidad, sus actos se repiten en su mente uno tras otro. «Otra vez. Otra vez. Otra vez. Otra vez lo mismo».

Mientras presta atención a la espuma del chocolate, para que no se suba y se riegue justo cuando ella no lo esté mirando, a su mente viene el recuerdo del libro de Schopenhauer, ese que diagramó para la editorial el mes pasado: El amor, las mujeres y la muerte. Le pareció que el autor, tan lejano en el tiempo, tan lejano en la distancia, lo escribió para que ella, Íngrima, Íngrima Sosa, lo leyera ahora. Para que las frases, los párrafos, los capítulos, toda la obra le hablara con palabras mordaces, hirientes, duras, para despertarla de un sueño. «Y como no hay dos seres semejantes en absoluto —memorizó la expresión—, cada hombre debe buscar en cierta mujer las cualidades que mejor corresponden a sus cualidades propias, siempre desde el punto de vista de los hijos por nacer».

Al leerla, y ahora que la trae de nuevo a su mente, la expresión llamó poderosamente, terriblemente, su atención, pero entonces, e incluso ahora, dudaba de lo que quería decir. Tal vez que lo único que importa en la vida, en el amor, en la atracción, es la procreación. Que quizás cuando dos personas de diferente sexo se atraen, se dijo entonces, y lo piensa de nuevo ahora, lo único que busca la embaucadora naturaleza, la fatídica realidad, al presentarlos, es proveer la pareja adecuada, en el momento adecuado, para que las células adecuadas se junten en la formación de una nueva criatura. «Perpetuación de la especie», dicen algunos que es la verdadera razón de la relación entre el hombre y la mujer. Pero ¿y después qué? ¿Qué pasa con los dos seres que le dan vida a ese tercero cuando ya la creación está completa? Porque el amor termina. De eso no tiene duda Íngrima. Y no es solo ella la convencida. También sus amigas, con las que se ha sentado muchas veces a conversar, y a lamentarse de la vida misma, entienden que justo los hijos llegan para que el amor dé un paso al lado. Y entonces, amarrados justo por ese nuevo ser para siempre, los dos seres adultos que le dieron vida no tengan otra cosa que hacer que sobrevivir. «Ya lo decía Frédérik Beigbeder en El amor dura tres años», piensa Íngrima: «El amor se acaba cuando es imposible volver atrás. Así es como uno se da cuenta: el agua no volverá a pasar por debajo del puente, reina la incomprensión; uno se ha roto sin siquiera darse cuenta»

Mientras imagina a Edmundo en la habitación, solo, ausente, mudo, bostezando en silencio, Íngrima va al baño y se para contra la pared, las caderas apoyadas en las manos, una sobre la otra, de frente al espejo de cuerpo entero. En la imagen mira su cabello sucio y aún despeinado, su cara limpia, pálida, reseca, sus ojos cansados, sus labios sin pintar, y cubriendo su cuerpo, la vieja camiseta de Edmundo con la palabra Atlético Nacional inscrita a la altura del pecho (húmeda y sucia a la altura del estómago) que le llega a la mitad de los muslos, dejando a la vista las várices sobre las rodillas, y se da cuenta de que el destello de sus ojos, ese que años atrás iluminaba cada rincón del hogar, ahora es apenas la luz que despide lo que parece la llamita de una vela. Se impulsa para erguirse y agacha la cabeza mientras aprieta los labios. Piensa en los tomates y la cebolla para la ensalada y sale caminando con parsimonia del baño. Ya en la cocina, todavía siente en la piel de su cara el sudor seco que rodara por su frente ya zanjada, sus patillas pálidas y su quijada apretada, mientras barría y trapeaba la casa.

«Sí, definitivamente, me siento cansada de todo esto», piensa Íngrima al calor de la estufa de gas, las cuatro parrillas encendidas (agua caliente para el chocolate, la arepa tela para el próximo que se levante quemándose, los plátanos maduros para caramelizar hirviendo, la olla a presión pitando con los fríjoles dentro). «No solo tengo que trabajar todos los días fuera de casa, sino que los fines de semana, desde que amanece hasta que anochece, dele que dales a los oficios domésticos: desayuno para todos (para los hombres a veces en una mesita en la cama); lavar la loza después; y los baños, también; regar las matas en el patio; barrer y trapear; sacudir; tender las camas cuando el señor y el niño se levanten».

Con un tenedor alza la válvula de la olla a presión y el transparente vapor ardiente sale expulsado como si propulsara un cohete. El ruido ensordecedor, chillón, denso, penetra hasta los tímpanos de sus oídos y despierta en su cabeza un dolor agudo que le duele. Es cuando otra expresión de Schopenhauer arriba a su mente, la penetra, la invade y la hace casi estallar: «Precisamente porque esta pasión del amor se propone de un modo exclusivo al ser futuro, y las cualidades que debe tener, puede ocurrir que, entre un hombre y una mujer jóvenes, agradables y bien formados, una simpatía de carácter y de espíritu haga nacer una amistad extraña al amor, y puede que en este último punto haya entre ellos cierta antipatía».

«Qué significará esta última frase», piensa Íngrima. «Qué significa eso de: “puede que en este último punto haya entre ellos cierta antipatía”. Tantas cosas raras que dicen los filósofos. No es el primero con el que me topo. Y no es el primero que me deja pensando, sin saber si ellos están locos o la loca soy yo. ¿Cómo será una discusión con alguno, con Schopenhauer por ejemplo? ¿Nos podremos poner de acuerdo? ¡Pero si a veces no entiendes ni sus libros! ¿Y qué significará esa frase con la que termina? La que dice: “La razón es que el hijo que naciese de ellos estaría falto de armonía intelectual o física; en una palabra, que su existencia y su constitución no corresponderían a los planes que se propone la voluntad de vivir, en interés de la especie”. No lo sé. ¿Qué será?».

Y como si no lograra hilvanar sus ideas, piensa: «Y lo peor es madrugar más que todos, estar pendiente de cada cosa sin descanso, sudar como un obrero abriendo trocha a campo traviesa, sentir el calor del día que suma al de la estufa de gas, en fin».

Y luego, piensa: «…su existencia y su constitución no corresponderían a los planes que se propone la voluntad de vivir…» y se pregunta: «¿Será por eso que hace tres años se enfermó Cristian?». Abre mucho un ojo y entrecierra el otro, mira al techo sin fijar la mirada en nada en concreto, mueve tres veces la cabeza a un lado y a otro, y luego, como si todo en lo que había estado pensando no fuera más que un montón de frivolidades se dice en voz alta: «¡Bah! ¡Schopenhauer!».

Se recuesta al poyo del fogón, apoya el cuerpo en la pierna derecha y cruza sobre esta la izquierda; cruza los brazos, que parecen soportar el peso de sus siliconados y potentes senos; suelta el cuerpo y mira al piso. Parece que se fuera a desplomar. Un profundo suspiro precede una larga exhalación. La curvilínea figura semeja una escultura de la edad media. La de una mujer joven que, pese a ello, se ve ajada por la soledad. El brazo derecho deshace el abrazo en que se tiene, e índice y pulgar de la mano viajan hasta las comisuras internas de los ojos, entrecerrados, enrojecidos, cansados.

El humo de la arepa ya pasada de calor, el olor de los maduros y el zumbido atronador de la olla a presión la sacan de su abstracción. El cuerpo femenino se mueve lentamente, calmadamente, como un vehículo al que le faltara revolución. El lado quemado de la arepa enfrenta ahora el techo de tablilla; la extinción del gas (que mantenía el fuego en la base de la olla con los maduros) ahora es total, y la válvula de la olla a presión, de nuevo, explota y deja salir atropelladamente olas de vapor.

—Buenos días —dice Edmundo al pasar por el corredor y mirar distraídamente hacia la cocina mientras se dirige al baño. Íngrima se siente más cansada aún al escuchar aquella voz. Es una voz que ha mutado (en trece, catorce años) de varonil y seductora, a grotesca y extraña. Ha dejado de gustarle y preferiría no escucharla.

—Hola —responde Íngrima con desaliento, sin ganas, pesadamente, como si mientras pronunciara las palabras soportara un peso terrible en su espalda.

Después… Nada. Ni una palabra sale de la voz masculina ni una palabra sale de la voz femenina. Un manto de densa oscuridad se yergue en el ambiente, se lo traga todo, incluso el calor que antes reinaba en la cocina. Ahora solo hay tedio, pereza, desgana. Por la ventana que de la cocina da vista al patio posterior de la casa, Íngrima ve pasar la imagen de su esposo que se pierde tras la puerta del baño. La imagen es la de alguien que ha pasado de ser íntimo, cercano, familiar, a distante, lejano, desconocido. Ella piensa: «¿Cómo pueden los sentimientos de las personas cambiar tanto al pasar los años? ¿Por qué? ¿Es que acaso con el paso del tiempo dejamos de ser humanos que sienten y pasamos a ser meras formas inertes que apenas están por ahí, en alguna parte?

»Lo sé, lo sé, hemos vivido muchas cosas, y el día a día nos ha hecho pasar de vivir a soportar. Pero podríamos soportar mejor. Hablarnos más, mejor, no solo cuando estamos de reconciliación después de cada pelea. Porque tampoco podemos vivir peleando. Aunque es así como vivimos. De día no me habla, y de noche tengo que escuchar sus pesadillas o irme a dormir a la pieza de la señora del servicio. Oírlo hablarle íntimamente a su mujer de ensueño, a su Ivy. ¡Cuánto me molesta eso! La verdad es que sería mejor dejar de vivir juntos, de vernos, que vivir esto todos los días, como si estuviéramos condenados a lapidar nuestros orgullos recurrentemente.

»Pero ¿qué dices de lapidar nuestros orgullos? Querrás decir lapidar tu orgullo. Tu orgullo, Íngrima. Tú te has manejado bien hasta ahora con él, trece años, catorce, contando el año de noviazgo, y nunca lo has engañado. Tal vez debieras hacerlo. Tal vez debieras pagarle con la misma moneda y empezar a soñar con un hombre que de verdad te quiera. Y por las noches hacerle escuchar, tú a él, tus orgasmos de ensueño. Pero ¿qué dices?, ¿qué dices, Íngrima? Estás loca. Aunque no es que estés loca, la idea no está mal del todo. Pero te da miedo. No puedes hacer eso. Tendrías que mentir y no sabes mentir. Nunca has aprendido a mentir. Y menos, para hacer algo así. Pero… puedes aprender… Hum. ¿Será? ¿Podría? ¿Sería capaz de hacerlo bien?».

Íngrima siente pasar las preguntas por su mente como oleadas de dudas, pero no sabe cómo responderse. Las ondas acústicas del chorro de orina del hombre (que lo apunta al centro del asiento de agua en el inodoro), chocan contra la pared y se reflejan en dirección contraria, atraviesan el espacio rodeado de azulejos blancos y se abren camino por entre los vidrios de la celosía que adornan y ventilan la parte superior del baño, viajan libres por el verdeante patio de plantas colgantes y, después, atraviesan la ventana de la cocina y penetran, silbantes, el sistema auditivo de la mujer que sigue alerta a lo que ocurre en el fogón.

«Y… ¿qué tal si realmente aprendieras a mentir? ¿Qué tal si le das vacaciones a la fidelidad?».

Íngrima recuerda lo que significaba aquel mismo acto fisiológico, el de orinar, cuando trece años atrás se casó enamorada de ese hombre. Lo amaba, claro, y lo deseaba, y pensar en lo que él hacía allí, en el baño, de pie, en silencio, con la cabeza gacha, por alguna razón la hacía sentir plena. Aquel acto que se llevaba a cabo tan cerca de ella y, sobre todo, la posición en la que el hombre (cualquier hombre lo hace igual) lo ejecutaba, el sonido de aquel chorro, tan potente como el de un caballo, le hacían convencerse de que había ganado algo, que ese hombre le pertenecía. Ese individuo (aunque entonces tampoco la ayudaba a nada en la casa, como si en lugar de casarse con ella para hacerla su compañera lo hubiera hecho para tener una sirvienta) era suyo. Nada más le importaba. Pero el tiempo pasó, y lo que antes la tenía sin cuidado, empezó a molestarle: sus ronquidos en la noche, sus movimientos en la cama que interrumpían su sueño, el egoísmo del que hacía gala para negarle su apoyo cuando ella más lo necesitaba. Pero sobre todo Ivy. Sí, Ivy. La odia desde que apareció. Porque se había metido en medio de los dos y lo había destruido todo. ¿O sería que todo ya estaba destruido cuando ella llegó? ¿Y será que en realidad existe una Ivy? ¡Oh, Dios! ¡Santo Dios!

«¿Qué le cuesta lavar los platos que también él ensucia, barrer o trapear el piso por el que camina, cocinar algo de la comida que tanto le gusta?», se pregunta, silente, Íngrima. «Es tan poco lo que le pido para que me haga sentir amada. Y, la verdad, es que no quiero que me ayude con los oficios porque yo no los quiera hacer, o porque me canse, no, quiero que me ayude porque sería la mejor forma de hacerme sentir que él y yo estamos juntos porque le importo y porque tenemos juntos un propósito. Me duele pensar que me he convertido en su sirvienta, la mujer que cuida a su hijo y que le hace de comer y le lava la ropa. Me duele pensar que él es un macho y yo soy su hembra».

No, ya no la convencía el concepto de macho que la llevó a casarse con él. Y si ser macho era solo estar ahí, sin hacer nada, demandando siempre, pues entonces no quería un macho, porque no le servía para nada. Ni siquiera para hacerla sentir mujer.