Un buen escritor debe ser un gran observador, debe fijar la mirada en todos y cada uno de los detalles que rodean a una individuo, un suceso, incluso un rasgo o característica de una persona. Todo lo que está a la vista da cuenta de la realidad, pero también de fantasías. Y nada se puede dejar pasar.

¿Le preguntarías a un hombre que luce una larga cicatriz roja y roma en la cara, desde la oreja hasta la comisura de la boca, cómo consiguió una herida como aquella? Depende, ¿cierto? Se requiere mucha confianza para hacerlo. Pero… ¿verdad que te lo imaginas? Inventas una historia mentalmente mientras miras la herida, el brillo de los ojos de aquel hombre, sus hoyuelos en las mejillas cuando sonríe, la ligera rigidez en el labio inferior cuando habla. Y te preguntas: ¿qué le pasaría? ¿Será un bravucón?

¿Cuántas posibles historias hay detrás de la inquietante suposición? La cicatriz puede habérsela causado otro hombre, o una mujer, o, incluso, se la puede haber hecho accidentalmente mientras se movía, cabeza gacha, a través de un lugar turbulento donde vidrios, ramas, filos lancinantes de armas desconocidas surgían por doquier.

Es recurrente que sintamos cierta aversión frente a la persona que luce una cicatriz, pensando, pre-juiciosamente, que se trata de alguien propenso a la altanería, el vicio o la pelea. Es común que nos preguntemos si se tratará de alguien «malo».  Pero, ciertamente, es más malo quien le ha propinado la herida a ese hombre. Algo que pudo haber hecho con razón o sin ella. Pero el solo hecho de ver que alguien tiene el arrojo para tomar en sus manos un arma y agarrarla temerariamente con una mano y lanzarla a la cara de otra persona con intención de dañar, nos hace pensar que se trata de un individuo con la sangre muy fría. O demasiado caliente, ¡Vaya uno a saber!

En fin, ¿qué historia hay detrás del hecho de que dos hombres se peleen? Dos boxeadores se pelean por dinero; una pareja de amantes se pelea, quizás, por celos; un jefe se pelea con su subordinado por envidia, aunque el subordinado se pelea con su jefe tal vez porque no soporta más la presión.  Dos mujeres se pelean por el amor de un hombre; y dos perros se pelean porque el instinto los empuja a hacer respetar su territorio. Dos países se pelean por la posesión de un pedazo de mar; y un gobernante se pelea con su pueblo porque no lo respeta y solo ve en ese pueblo la maquinaria para proveerse riquezas para su propio beneficio.

Hay miles, millones de razones para todo. Y por lo tanto, miles, millones de historias que contar. O imaginar.

Lo anterior para decirte que, si bien puedes escribir acerca de la realidad, debes enriquecer tu literatura con mucha fantasía. Todo aquello que no está a la vista, pero se requiere para darle redondez a los personajes, credibilidad a las escenas, verosimilitud a las historias, es indispensable en la narración. Cada lector quiere enterarse de lo que pasa, de eso que se narra como una sucesión de hechos, pero también de lo que no es evidente, es decir, de eso que habita en la mente de las personas (de nuevo, o de los personajes) y que al final motiva las acciones. En otras palabras, el lector quiere enterarse de los sentimientos, las emociones; de eso que habita en la vida privada, en la mente y el corazón, y que solo el escritor, si no lo sabe, puede (y debe) inventar para poder ofrecerlo al lector.

¿De dónde lo sacará? No hay remedio: de su cabeza.

Tanto lo real como lo ficticio están en tu cabeza. Almacénalo, pero también rúmialo; digiérelo, procésalo, analízalo hasta las últimas consecuencias, y luego, cuando la falta de realidades se bata con tu necesidad de hechos para materializar, crear tus historias, vence esa necesidad con lo que puedes inventar. Que es mucho. Algo que no solo es posible, sino también necesario. Porque el lector, que muchas veces habrá sido testigo de lo narrado, no quiere tanto que le vuelvas a contar eso que ya sabe, si no que le develes eso que le falta por saber. El por qué de las cosas. Lo cierto es que no le importa si lo que le cuentas es verdad o mentira, pero sí demanda (y es indolente y no perdona si no lo logras) que sea creíble, verosímil.

Cuenta pues la verdad, la realidad de la vida, pero embellécela, nútrela con mucha fantasía. Más que la realidad, es la fantasía la que hace del escritor lo que es: un fabulador, un contador de historias.