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Ya me había referido a este tema en mi libro La forja de un escritor, aunque con el título: Literatura canónica vs paraliteratura. Pero me parece pertinente volver sobre él, ya que es un tema que recurrentemente causa inquietud y hasta zozobra en los escritores aficionados.

La ficción literaria (o literatura canónica) es aquella a la que muchos escritores (y lectores) se refieren como seria, de profundidad, que aborda las circunstancias que enfrenta el hombre desde diversas perspectivas, buscando siempre darle una explicación a la razón de ser del ser humano y de estar aquí, vivo. La ficción de género (o paraliteratura), por su parte, es aquella que busca ante todo entretener. Caben en esta clasificación las novelas policíacas, el thriller, el suspenso, la novela romántica o rosa, la de terror, en fin.

Quienes defienden la ficción literaria, empezando por los propios escritores de este tipo de ficción, argumentan que esta busca ser «arte» per se, o, al menos, acercarse a él. De ahí que quienes leen este tipo de obras se precien de ser académicos, sensibles, nada superfluos. Quienes defienden la ficción de género, por su parte, quizás por la crítica a que se han visto sometidos (y sus obras) desde siempre, no se molestan en pretender desvirtuar que su fin no es otro que entretener. Quizás por eso, o tal vez por el hecho de que la de género abarca tantas variantes literarias, está dirigida a un público más amplio, y el mismo es feliz si logra engancharse con el relato con el mínimo esfuerzo y encuentra al final de cada capítulo una gran expectación y al final de la obra una gran satisfacción.

Ciertamente, la literatura de género está dirigida al público en general sin prejuicios, y tiene el propósito fundamental de divertir. Ciertamente es menos importante, menos profunda, menos artística y elaborada que la literaria. Esta última busca expresar de la mejor forma la condición humana, y perduran en el tiempo sin perder vigencia. Pero ambos tipos de literatura son válidos, y cuentan con su segmento lector.

Ilíada y Odisea de Homero pertenecen a la ficción literaria, lo mismo que La Biblia, y todas las obras de William Shakespeare; a este tipo de literatura pertenecen las siete novelas que conforman En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, y Ulises de James Joyce, y Crimen y castigo de Fiódor Dostoyevski. Por su parte, toda la obra de terror de Edgar Allan Poe o H.P. Lovecraft pertenecen a la literatura de género; lo mismo que las sagas de aventuras e históricas de Arturo Pérez-Reverte, las policíacas de Sir Arthur Conan Doyle, las románticas de  Johanna Lindsey y las eróticas 50 Sombras de Grey de E.L. James, cuyo argumento se basa tan estrechamente en La Venus de las pieles, también de género, del escritor austriaco Leopold von Sacher-Masoch.

No es en sí mismo bueno, ni tampoco malo, que se haga tal división. De hecho es una costumbre humana, y hasta podría decirse que una necesidad. En el mundo hay mujeres y hombres, y es normal que a las mujeres les gusten unas cosas y a los hombres otras; por ejemplo, que a los hombres les gusten (aunque no única ni exclusivamente) las novelas policíacas y las de wéstern, en tanto que a las mujeres les gusten (aunque no única ni exclusivamente) las novelas rosa y sientan una inconfesable curiosidad por las novelas eróticas.

Lo cierto es que ambos tipos de literatura tienen sus puntos en común: tanto las literarias como las de género obedecen a la misma estructura: principio, medio y final; en ambos casos se busca que el lector sienta tanto interés por lo que lee que no quiera dejar la lectura antes de terminar el libro; los dos tipos de literatura tienen personajes como elemento central, y se desarrollan en escenarios, y se presentan en secuencias narrativas. Y nada malo sería que los escritores literarios buscaran más aumentar la tensión de cada capítulo, crear nudos de tensión desesperante, y manejar diestramente el romanticismo, el erotismo o el suspenso y la historia. Como nada de malo tendría que los escritores de género procuraran profundizar más en los personajes, dándoles esa característica de redondos, y no de planos, de que habla la teoría literaria, y analizaran la complejidad humana con más detenimiento, sin pensar que solo la acción cuenta.