Así como la naturaleza (tan sabia como para tolerar el maltrato a que la sometemos, y sin embargo reconstruirse gradualmente y sin pausa y seguirnos alimentando) basa todo su proceso en semillas que nacen, crecen y luego hasta de los tallos de las plantas se reproducen, así la literatura tiene su germen en una semilla. Dice el diccionario que una semilla es un «grano contenido en el interior del fruto de una planta y que, puesto en las condiciones adecuadas, germina y da origen a una nueva planta de la misma especie». Analogía que podemos sacar del contexto de la naturaleza y el reino vegetal, y extender hasta lo que podría ser la vida misma, la conciliación entre las personas, la resolución de una crisis, o incluso el estallido de una guerra (o de la tan anhelada Paz): todo tiene su origen en una semilla. Otra vez, y en este nuevo orden de ideas, dice el diccionario que una semilla es una «cosa que es causa u origen de otra, especialmente de un sentimiento o algo inmaterial». Pues bien, y como ya adelantábamos más arriba, una semilla ha sido siempre el germen de toda la literatura existente desde siempre y hasta nuestros días.

Buena noticia para quienes quieren escribir y a veces se preguntan de dónde nacen las historias. Y es que las historias, las de Miguel de Cervantes Saavedra, las de Gabriel García Márquez, las de Mario Vargas Llosa, incluso las de Stephen King, Isabel Allende y Dan Brown, han nacido, nacen y seguirán naciendo de una semilla. En otras palabras, y para los que aún escuchan resonar en su cabeza la pregunta de qué es una semilla: Pues… es una idea.

Toda historia (cuento, nouvelle o novela) nace de la idea que arriba a la mente de alguien (que luego escribe) cuando ve, por ejemplo, a otro alguien que pasa por la calle, caminando sin paraguas en medio de un aguacero; o cuando escucha el rumor del viento en un paisaje verde a cuyo fondo se adivina una alta y nevada montaña; o cuando conoce a una mujer hermosa con un nombre tan extraño que no es ni siquiera capaz de pronunciar; o cuando al abrir los ojos en medio de una noche fría como un tempano de hielo, se sorprende a sí mismo sudando a cántaros como si estuviera en el desierto;  o cuando divisa en la más discreta de la ciudades, una edificación que se eleva más allá de las demás, y desvela una estructura que todo el que la mira no tiene más remedio que preguntarse de dónde habrá salido quién la diseñó; o cuando, sentado en la banqueta de un bus, escucha sin querer una curiosa conversación que sostienen las dos personas que van sentadas en la banqueta de adelante (o de atrás); o cuando, con solo mirar algunos movimientos de un par de personas a lo lejos, adivina que atraviesan un ambiente tenso; o cuando en su cabeza surge un tema prodigiosamente, quizás la reacción de un ama de casa que un día, al disponerse a hacer la ensalada, se da cuenta de que las zanahorias son azules; o incluso cuando se da cuenta de que frente a todo lo que pasa en el mundo convulso en el que vivimos, ya no siente nada, nada; en fin.

Las historias, por tanto (que nacen de las ideas, que germinan de las semillas), están por todas partes, solo hay que aprender a buscarlas y a no dejarlas ir cuando, sin querer y sin darse cuenta, se las topa uno de sopapo. Como le ocurrió a Herman Melville, que un día tuvo la idea de que su vida de marinero cazando ballenas merecía la pena ser contada, y escribió así Moby Dick; o a Victor Hugo, que al ver la palabra Destino esculpida en una piedra, se preguntó cómo sería la vida de quien talló aquella palabra allí, y escribió El jorobado de Notre Dame; o como le ocurrió a William Faulkner, que viendo a diario su tierra, el condado de Lafayette, en Mississippi, donde él residió la mayor parte de su vida, y observando muy cuidadosamente el devenir de sus habitantes, terminó por crear el ficticio condado de Yoknapatawpha, y darle vida a todos sus personajes, que no son otros que los que le inspiraron sus viejos conocidos.

Todos tenemos una vida, que ha de darnos ideas, que pueden fácilmente convertirse en semillas para escribir historias. El día a día, las relaciones de familia, de amistad y sentimentales, el trabajo, los hobbies, cualquier encuentro con alguien del pasado, todo no son otra cosa que ideas para escribir. No hay que crear historias extrañas y exóticas, como La Metamorfosis de Franz Kafka, para lograr algo de calidad. También (y más en la época actual, donde la ficción contemporánea lo ha demostrado con creces) la vida normal es una fuente inagotable para la literatura.

Y ni siquiera tienes que ser un correcaminos, o un gran trotamundos, o un gigoló, o un imponente hombre de empresa, o un criminal, o un… en fin. Ya lo decía Flannery O’Connor: «Cualquiera que haya vivido hasta los dieciocho años tiene suficientes historias para escribir por el resto de su vida».

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