Escribí Los Juegos del amor en un período de gran fragilidad en mi vida. Me hallaba inmerso en una relación sentimental que no avanzaba ni retrocedía, de la que quería escapar, pero a la que me ataba la misma fragilidad que me envolvía, me hacía pesado y me pegaba al frío piso en el que parecía un árbol viejo a punto de caer. Por esas épocas, en las que tampoco mi vida laboral parecía cierta, más bien una tediosa obligación en la que no encontraba afinidad ni futuro, conocí a una chica que surgió ante mí como el destello de una supernova. Estaba, como describo en la historia, sirviéndome un café, de pie junto a una pequeña mesa llena de termos, de pocillos y cucharitas, cuando la vi venir como a mi encuentro. Su rojo cabello, que parecía acabado de tinturar, estalló en mis retinas con furia, como la capa de un torero que me quisiera retar. Pero lejos de tenderme su capa, la mujer se apostó a mi lado, silenciosa como un cementerio a media noche, y se sirvió su propio café.

Recuerdo el pantalón (rojo también y de delgada tela) que ceñía sus caderas y sus largas y firmes pantorrillas. Parecía nacer rabiosamente en su cintura y descender con lascivia a lo largo de todo su contorno. Un contorno como una carretera que iba de una gran ciudad a otra, bordeando profundos acantilados. De pie, paralelo a su delgada y espigada figura, la miraba silenciosamente, mientras con un delgado y blanco palillo, que sujetaba apenas con el índice y el pulgar derechos, yo revolvía el negro líquido que casi rebosaba el nimio y casi transparente vaso de plástico que me quemaba los dedos. Una loca ansiedad se apoderó repentinamente de mi ser, como si me bañara un súbito chaparrón. La miré hacer hasta que terminó de servirse su café. Y cuando estaba a punto de partir, sin siquiera abrir la boca, le solté abrupta y tímida la pregunta: «Hola, ¿cómo estás?».

Con aquella pregunta, o mejor, con todo lo que a partir de ella se desencadenó, mi fragilidad aumentó. Las mañanas, que iniciaban cada vez más temprano a causa de un insomnio terrible, se alargaban pavorosamente en aquel piso en el que esa mujer y yo trabajábamos. Por un tiempo dejé de pensar en la otra con la que había mantenido mi hasta entonces última relación; el trabajo, ya de por sí artero, se tornaba en una nebulosa que me absorbía como un agujero negro en el que me perdía de siete de la mañana a casi siete de la noche, y mi hogar, que entonces era el lugar en el que más seguro me sentía, se hizo tan pequeño, tan oscuro, tan silencioso, que por las noches llegaba  a él como a una madriguera después de la jornada laboral, de los desplantes de aquella chica, y sin encender la luz, me adentraba en mi estudio, encendía el equipo de sonido, en el que ponía a sonar insistentemente «Hoy que no estás», de Juan Fernando Velasco, me sentaba en una silla ejecutiva con rodachinas, y daba vueltas como un loco por el estudio, impulsándome con los pies, por las habitaciones, la sala-comedor, la cocina, el balcón, en fin. Como un desesperado-desahuciado.

Todo lo que padecí lo narré en Los juegos del amor. Y ese cuento es el primero de los que componen Cuentos de Medellín. Un libro que, como dice Mario Vargas Llosa, escribí a modo de Streap teese, y lo publiqué en la plataforma Amazon, en formato kindle y tapa blanda, como si además buscara someterme a un exorcismo.

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